Tomé el dinero.
Y desaparecí de su mundo como si nunca hubiera existido.
Pasaron cinco años.
Esa noche, la familia De la Vega celebró lo que los medios llamaron la boda del siglo en el Four Seasons de Ciudad de México. El salón de baile resplandecía con opulencia: candelabros de cristal, lirios blancos y un aire cargado de poder.
Entonces entré.
Mis tacones resonaron en el suelo de mármol: lentos, firmes, decididos.
Detrás de mí caminaban cuatro niños.
Cuatro niños idénticos.
Cuatro reflejos inconfundibles del hombre que estaba de pie en el altar.
En mi mano, no llevaba una invitación.
Llevaba documentos: los archivos de la salida a bolsa de un imperio tecnológico valorado en un billón de dólares.
En el instante en que Don Alejandro me vio, su copa de champán se le resbaló de la mano y se estrelló contra el suelo.
El sonido resonó en la sala como una advertencia.
Siguió el silencio.
Total. Absoluto.
Di un paso adelante.
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