Ximena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Mateo le explicó que esa pequeña cabaña en la que vivían había sido su primer hogar hace 20 años, el lugar que lo mantenía anclado a la realidad. Le confesó que, meses atrás, el rancho de Don Vicente había aparecido en su escritorio dentro de un catálogo de propiedades en bancarrota listas para ser absorbidas.
—Pero leí tu expediente —continuó Mateo, acercándose a ella—. Vi los registros de cómo una sola mujer estaba peleando contra el banco, contra la sequía y contra su propia familia para no dejar morir a su padre de tristeza. Saqué tu rancho de la lista ese mismo día. Yo no vine a comprar tu tierra, Ximena. Vine a protegerla.
Ximena lloró esa noche, pero no de tristeza, sino de un alivio abrumador. Sin embargo, el secreto de Mateo debía mantenerse un poco más. Faltaba ajustar cuentas con la soberbia.
Mientras tanto, en el pueblo, el Tío Fausto seguía haciendo de las suyas. Su avaricia no tenía límites y ahora había puesto el ojo en unas hectáreas ricas en agua que pertenecían a Don Chuy, un anciano ejidatario de 82 años. Fausto, utilizando abogados corruptos y un pagaré falsificado, tenía a Don Chuy al borde del desalojo. El anciano, desesperado, le lloró a Ximena en el mercado. Ella se lo contó a Mateo.
Esa misma tarde, el engranaje invisible del poder de Mateo se puso en marcha. Sin dar la cara, envió a los mejores litigantes de la capital. En cuestión de 48 horas, las deudas falsas de Don Chuy fueron liquidadas, el pagaré fue invalidado por un juez federal y, como golpe de gracia, la propiedad del anciano fue blindada legalmente a través de un fideicomiso intocable. Fausto perdió millones en sobornos y quedó haciendo un berrinche monumental, sin saber quién lo había aplastado.
La olla de presión finalmente estalló un mes después. El Sindicato Ganadero Regional organizó su cena anual de gala en el salón más lujoso del municipio. Todos los ganaderos, ricos y pobres, estaban presentes. El Tío Fausto llegó presumiendo un traje sastre, seguido por Lalo y Doña Carmen, quienes buscaban codearse con “la gente de bien”.
Leave a Comment