Los niños volvieron a reír.
No constantemente, pero sí lo suficiente para recordarle que estaba sanando.
Y ella…
Ya no era la misma mujer que había estado en ese umbral meses atrás.
Era más fuerte.
Más lúcida.
Más centrada como nunca antes.
Una noche tranquila, mientras observaba a sus hijos dormir plácidamente, susurró en el silencio:
“Perdimos tanto…”
Una lágrima rodó por su mejilla, pero sonrió.
“…pero no nos perdimos a nosotras mismas”.
Y de alguna manera, eso lo cambió todo.
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