Estela abrió los ojos con esfuerzo y con la poca claridad que tenía, vio a su hija alejarse y a su yerno comenzar a levantar la pared. Quiso gritar, pero solo un quejido salió de su garganta.
Ulises colocó ladrillo tras ladrillo con manos rápidas. como si cuanto antes terminara menos culpa sentiría. La luz del sótano temblaba sobre sus rostros mientras el cemento se esparcía entre las juntas, sellando no solo el muro, sino el destino de una mujer que solo había dado amor.
Una vez cerrada la última abertura, el silencio quedó atrapado entre los ladrillos. Arriba la casa volvió a parecer normal. Verónica subió respirando hondo y cerró con llave la entrada al sótano.
Se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá mientras Ulises se lavaba las manos cubiertas de cemento. Dijeron que habían hecho lo correcto, que nadie preguntaría por Estela, que al ser mayor todos asumirían que se había perdido o que había muerto de forma natural.
Nadie sospecharía de ellos, nadie sabría la verdad. En el sótano, Estela logró recobrar un poco de conciencia. Se arrastró hasta la pared, golpeó con los nudillos débiles y gritó el nombre de su hija, sin entender por qué.
Nadie respondió. Solo el eco de su voz le devolvía la angustia. La oscuridad la envolvía como una manta fría y el olor a humedad le recordaba que ese espacio no había sido hecho para vivir, sino para morir lentamente.
Cerró los ojos y en ese instante por primera vez sintió miedo de verdad, no por la muerte, sino por haber sido abandonada por quien más amaba. Y sin embargo, dentro de ese miedo, una semilla diminuta de rabia, de resistencia, comenzó a nacer.
Estela, la mujer que había sido madre, esposa, trabajadora, que había criado sola a su hija, no estaba lista para rendirse, ni siquiera ahí entre cuatro paredes de ladrillo. ¿Te imaginas que tu propio hijo pudiera hacerte algo así?
Leave a Comment