SU HIJA LA ENCERRÓ EN UN SÓTANO Y LO SELLÓ CON LADRILLOS… PERO 10 AÑOS DESPUÉS ELLA TOCÓ LA PUERTA…

SU HIJA LA ENCERRÓ EN UN SÓTANO Y LO SELLÓ CON LADRILLOS… PERO 10 AÑOS DESPUÉS ELLA TOCÓ LA PUERTA…

Le tendió una pequeña cápsula blanca junto con un vaso de agua y le aseguró que era solo para que descansara mejor, que se relajara. Estela, confiada, asintió con dulzura, agradecida, sin imaginar que esa noche no cerraría los ojos por descanso, sino por traición.

Bebió el agua, tragó la pastilla y poco a poco comenzó a sentir los párpados pesados, el cuerpo tibio y una niebla envolvente que le robaba la fuerza. Mientras tanto, Ulises bajó al sótano con pasos rápidos y decididos.

En sus manos llevaba una pala, un balde con mezcla de cemento y un paquete de ladrillos que había escondido días antes. Encendió la lámpara colgante del sótano que oscilaba con una luz amarilla temblorosa y comenzó a preparar el rincón.

había marcado el lugar exacto donde levantaría la pared. No era la primera vez que pensaba en eso. Verónica le había insistido durante semanas que su madre ya no servía, que solo ocupaba espacio, que lo mejor sería que desapareciera, pero sin dejar rastros, sin levantar sospechas.

Él había dudado al principio, pero después accedió. Convencido de que así podrían vender la casa y mudarse, vivir sin cargas, sin culpas, como ella decía. Arriba Estela luchaba por mantener los ojos abiertos.

Se sentía mareada, el cuerpo como de algodón, los sonidos cada vez más lejanos. Se apoyó en la mesa, murmurando que quizás necesitaba recostarse un momento. Verónica la ayudó a levantarse, la sostuvo por los hombros con una ternura fingida y le dijo que sí, que la acompañaría a su cuarto.

Pero en lugar de llevarla a su cama, bajó con ella por las escaleras traseras. las que llevaban al sótano. Estela preguntó por qué, qué estaban haciendo, que ese no era su cuarto.

Verónica, con voz dulce pero firme, le dijo que no se preocupara, que todo estaría bien. Cuando llegaron al sótano, Ulises ya había colocado la primera hilera de ladrillos. Verónica le pasó el cuerpo medio dormido de su madre y él la acomodó en un colchón viejo en el rincón junto a una lámpara pequeña y una manta desgastada.

Estela, aún confundida, trató de hablar, de preguntar, pero su lengua se arrastraba lenta dentro de su boca. Verónica se agachó junto a ella, le acarició el rostro y le dijo en un susurro que lo sentía, que no era algo personal, pero que ya vivió suficiente, que debía dejar espacio.

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