Fui a mi cuarto, que antes era el estudio de la casa y ahora era mi rincón en la planta baja. Cerré la puerta, me senté en la cama y saqué del buró lo más valioso que tenía: una libreta vieja de pasta dura, lomo vencido, hojas cuadriculadas y letra apretada. Mi libro de cuentas. Mi memoria real.
Ahí estaba todo.
La venta de la fonda, el dinero invertido, las mensualidades de la casa, los apoyos “temporales” a Roberto, los gastos escolares de los niños, la gasolina de la camioneta de Vanessa, la muchacha de la limpieza, el internet de fibra óptica “indispensable” para los trabajos de la escuela, las compras del mercado gourmet de don Anselmo.
—Totalmente.
—Se va a armar escándalo.
—Pues que se arme. Ya duró mucho el baile.
Colgué y me recosté sin cenar. Desde el comedor seguían llegando risas, sonidos de empaques de sushi, la voz aguda de Vanessa contando alguna anécdota a medias. Nadie tocó mi puerta.
Me quedé mirando el techo hasta que el sueño me venció.
No dormí triste.
Dormí decidida.
A las seis de la mañana ya estaba despierta. El cuerpo, cuando ha vivido cuarenta años entrando a cocina antes del alba, se despierta solo aunque la vida cambie de domicilio. Me puse mi bata, recogí el cabello y salí al pasillo. La casa olía a soya rancia, pescado crudo y perfume dulce. El comedor conservaba una mancha tenue, amarillenta, donde el mole había dejado su cicatriz sobre la pintura.
Entré a la cocina y vi el desastre que dejaron la noche anterior: cajas negras de sushi abiertas, palillos tirados, servilletas arrugadas, arroz pegado en la isla de granito, vasos con restos de cerveza. Mi mano fue por costumbre a la cafetera. La dejaba programada cada noche para que Roberto bajara a tomar café recién hecho antes de irse a la oficina.
Pero retiré la mano.
Ese día no.
Me serví un té de manzanilla en mi taza de peltre, la misma que Vanessa decía que hacía ver la cocina “muy corriente”. Me senté en el desayunador, abrí otra vez mi libreta y revisé los gastos como quien repasa un expediente clínico. La enfermedad de esa casa no era el mal gusto. Era la costumbre de vivir inflados con dinero ajeno.
La hipoteca. La camioneta. La colegiatura. Las tarjetas. La limpieza. El internet. La cuenta del mercado.
Todo superaba por mucho el sueldo de Roberto.
Él ganaba cincuenta mil netos al mes. Gastaban más de cien. La mitad del edificio financiero de esa familia descansaba sobre mi trabajo de décadas. Y ni siquiera lo sabían completo.
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