Kristina se quedó allí unos segundos más, mirando fijamente la pantalla tenue. Su corazón latía con fuerza.
—No se lo digas a tu marido.
¿Qué tontería?
Regresó a la habitación. Artem seguía dormido. Cálido, cerca, seguro.
Se acercó y le acarició el pelo.
—Necesito salir un momento —susurró, aunque él no la oyó.
Y en ese instante, por primera vez, una extraña sensación la atravesó, como si estuviera haciendo algo mal.
Cuarenta minutos después, Kristina ya estaba sentada en un taxi. La ciudad despertaba. Coches, semáforos, gente tomando café… todo parecía normal. Pero en su interior, la tensión era máxima.
Repasó mentalmente el día anterior.
La boda había sido perfecta. El salón blanco, las flores, la música, las lágrimas de su madre, el firme apretón de manos de su padre, Artem. Ni un solo momento extraño. Ni un solo error.
¿Qué pudo haber salido mal?
El registro civil lucía diferente esa mañana: vacío, silencioso, casi frío. Ayer había sido ruidoso, lleno de gente, festivo. Hoy, un silencio aséptico.
Ya la esperaban en la entrada.
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