Una pequeña estaba por ser enterrada cuando algo asombroso sucedió mientras el padre aferraba a sus tiernas manitas en un último gesto de despedida, un llanto ronco y penetrante cortó de golpe el pesado silencio del salón. Clara, Clara, linda, Clara. Todos los presentes volvieron la cabeza asustados con los corazones acelerándose de repente. Era don Aurelio, el viejo mendigo que desde hacía más de 4 años vivía bajo el árbol grande de la esquina frente a la casa de Antonio y Rosana.
Un hombre de barba blanca y rala, de ojos color miel, desgastados por el tiempo y las intemperies, que arrastraba siempre una bolsa de tela raída con sus pocas pertenencias. Desde el nacimiento de Clara, don Aurelio había aprendido a llamarla por su nombre cada vez que la veía en brazos de Rosana o de Antonio. A la niña le encantaba. Estiraba los bracitos hacia él con una enorme sonrisa desdentada, aplaudía con sus manitas gorditas y trataba de imitar sus murmullos con gorgoteos alegres que llenaban la calle de vida y luz.
Don Aurelio alzaba los brazos como alas y repetía su nombre sin parar, como si fuera parte de un juego diario que ambos habían inventado sin proponérselo. Clara linda, Clara Linda decía él, y la bebé reía a carcajadas. Rosana, que al principio miraba al viejo con cierta desconfianza, terminó por aceptarlo como parte del paisaje familiar. Le llevaba de cuando en cuando un plato de comida caliente y una muda de ropa. Antonio, por su parte, nunca olvidó como don Aurelio, en una tarde de tormenta había corrido hasta la puerta para avisar que una teja del techo amenazaba con caer justo donde Dor Clara a Clara.
Desde entonces lo consideraban parte de la familia, aunque él nunca cruzara el umbral de la casa. Sin embargo, en los últimos días de la enfermedad de la bebé, don Aurelio se había quedado extrañamente callado, sentado bajo su árbol con la mirada perdida en la ventana de la sala, como si presintiera la sombra de la tragedia que se acercaba. Rosana había insistido en invitarlo al velorio. “Él también es de la familia”, había dicho con la voz entrecortada. “Merece despedirse de ella y nadie tuvo el valor de contradecirla.” Don Aurelio entró despacio con el sombrero de paja en la mano, los zapatos remendados y el olor a tierra mojada que lo acompañaba siempre.
Se sentó en el rincón más apartado de la sala en silencio, con los ojos fijos en el pequeño ataúd blanco que reposaba en el centro, rodeado de flores blancas y velas temblorosas. Había permanecido así, inmóvil, durante toda la primera hora del velorio, pero algo cambió en él. De repente se puso de pie. dio dos pasos hacia el ataúd y su voz ronca, quebrada urgente, rompió el silencio como un trueno suave. Clara, Clara, linda. Y luego con más desesperación, Clara, linda, besito, besito.
Fue en ese preciso momento cuando la tía Cristina se acercó rápidamente a don Aurelio tratando de calmarlo. “Tranquilo, don Aurelio, tranquilo”, murmuró tomándole el brazo con suavidad. Pero al mirar hacia el ataúd, atraída por el foco insistente del anciano, su rostro cambió por completo, extendió la mano vacilante y tocó el rostito de la bebé. Se volvió hacia Antonio con voz baja y temblorosa. Ella parece que está un poco tibia, ¿no crees? Antonio estaba en esa mañana fría y húmeda, en una mezcla de duelo profundo e incredulidad absoluta.
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