El hijo mayor regresó a casa… y encontró a su madre con una niña pequeña que no conocía.
Después de nueve años sin volver, Mateo Reyes sintió que el camino de terracería hacia San Jerónimo del Mezquite le raspaba la memoria como una lija. Durante casi una década había evitado ese pueblo perdido entre los cerros secos de Zacatecas, como si al no pisarlo pudiera convencer al corazón de que el tiempo sí curaba las culpas. Mandaba dinero cada mes desde Houston, llamaba de vez en cuando, preguntaba siempre lo mismo: “¿Cómo estás, amá? ¿Te llegó el giro? ¿Les falta algo?”. Y su madre, doña Guadalupe, respondía igual: “Aquí andamos, mijo, no te preocupes”. Con eso ambos sostenían una mentira cómoda: que el dinero podía reemplazar la presencia, que la distancia podía ser una forma de amor.
Pero tres semanas antes, una llamada de comadre Tomasa le rompió la rutina.
—Tu mamá está peor de lo que te dice —le soltó sin rodeos—. Si quieres verla viva y hablar claro con ella, vente ya.
Y Mateo vino.
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