Hay ciertos momentos de la infancia que nunca te abandonan del todo.
Se instalan en un lugar profundo y silencioso, y moldean tu forma de desenvolverte en el mundo mucho después de que quienes los provocaron los hayan olvidado.
Para Claire, uno de esos momentos llegó una mañana cualquiera de martes en una clase de química del instituto, cuando tenía dieciséis años y aún se esforzaba por pasar desapercibida.
Pasaría los siguientes veinte años llamando la atención de todos modos, solo que no de la forma que nadie esperaba.
La mañana en que todo cambió
El laboratorio de química olía como todos los laboratorios de química. Luces intensas, limpiador industrial, un leve rastro de algo quemado que nunca desaparecía del todo.
Claire estaba sentada en la última fila, donde siempre se sentaba. Callada. Seria. Haciendo lo que había aprendido en ese instituto: hacerse lo más pequeña posible y esperar que el día transcurriera sin incidentes.
Mark estaba sentado detrás de ella.
Era el típico adolescente de pueblo que luego se celebra durante años. De hombros anchos, ruidoso, siempre con una sonrisa. Era el tipo de chico al que los profesores disculpaban en silencio y cuyos compañeros admiraban discretamente. Se movía por los pasillos como si el edificio hubiera sido diseñado específicamente para él.
Claire era todo lo contrario. Reflexiva. Reservada. Invisible por elección, porque la invisibilidad le parecía más segura que la alternativa.
Esa mañana, mientras la profesora daba clase al frente del aula, sintió un pequeño tirón en su trenza.
Supuso que había sido accidental. Mark siempre estaba inquieto, siempre se movía, siempre ocupaba más espacio del que le correspondía. Lo ignoró y mantuvo la vista al frente.
Entonces sonó el timbre.
Se puso de pie.
ver continúa en la página siguiente
Leave a Comment