Un día simplemente dejó de respirar y desde entonces el mundo de Mariana se había venido abajo. Era enfermera pediátrica, pero después de perder a Emma, entrar a un hospital se volvió imposible.
Estaba regresando de una conferencia de duelo en Nueva York, intentando reconstruir su vida pieza por pieza. Pero el llanto de Alesio activó algo más profundo. Su cuerpo reaccionó como si su hija aún estuviera viva.
Sintió la presión conocida, el dolor de la leche acumulándose. Aquella tormenta interna la dejó sin aire. La azafata se acercó. Se siente bien, señora. Mariana respiró hondo. Soy enfermera, pediátrica.
Ese bebé, ese llanto, no es cualquier llanto. Se levantó sin pensar. La azafata dudó. El pasajero ha rechazado ayuda, pero puede intentarlo. Mariana caminó por el pasillo con el corazón acelerado.
Cuando llegó a primera clase y vio a Alesandro Manceli de frente, sintió como si todo su cuerpo se congelara. Él tenía una presencia casi irreal. poderosa, amenazante. Parecía un rey sentado en su trono, excepto por la desesperación en sus ojos.
La azafata habló primero. Señor Mancelli, esta pasajera es enfermera pediátrica. Quizá pueda. Alesandro levantó la mirada. Sus ojos oscuros chocaron con los de Mariana y la sensación fue tan intensa que ella tuvo que tragar saliva para no retroceder.
enfermera”, dijo él con voz baja y grave. “Sí”, respondió Mariana intentando sonar segura. “Soy pediátrica. Ese llanto es hambre y está rechazando el biberón. Lo sé.” La frustración se escapó en su tono.
No acepta nada. Lo he intentado todo. Mariana observó al bebé rojo del esfuerzo casi temblando y entonces sintió algo que la atravesó por completo. Esa posición, ese sonido, esa mirada perdida se parecían demasiado a su hija.
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