Ella negó con la cabeza. —No. Papá aún no había llegado. Era el otro hombre. Tenía una cicatriz cerca del ojo. Mamá lo dejó entrar porque lo conocía.
Las rodillas de Ramiro flaquearon ligeramente y la cadena se tensó. —Nunca me habló de ninguna cicatriz —murmuró, más para sí mismo que para nadie.
—Olía a humo —continuó Salomé—. Dijo que mamá le debía una deuda. Luego la empujó. Ella se cayó. Se oyó un fuerte ruido.
Las palabras impactaron más que la acusación. Méndez imaginó firmar la autorización final, ver cómo se activaba el mecanismo, escuchar el silencio después.
Y luego imaginó la cicatriz, el reloj de oro, al hombre oculto caminando libre.
Salomé se acercó a él. —Dijiste que conoces los ojos culpables —dijo—. Míralo de nuevo.
Méndez lo hizo. Buscó cálculo, manipulación, el sutil tic que había aprendido a leer.
Vio agotamiento. Miedo. Amor.
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